viernes, 24 de julio de 2026

Regulación emocional en niños: qué dice la neurociencia sobre el papel del maestro

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Mente bilingüe: Neurociencia y lectoescritura

Andrés Marín-Palomar y Aurora Palomar · Edición paralela en inglés: The Bilingual Mind: Neuroscience and Literacy

Doce capítulos que recorren el camino completo desde la neurona hasta el aula: la evolución de la comunicación, el sistema nervioso, el telencéfalo, la fonética y la fonología del español y del inglés, la conciencia fonológica, el principio alfabético y la memoria de trabajo aplicada a la lectura.

Escrito para quienes trabajan con niños bilingües de verdad, en aulas de verdad:

  • Maestros de programas de inmersión dual (DLI) y ESL
  • Logopedas y patólogos del habla y lenguaje
  • Psicopedagogos y familias bilingües

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Neurociencia del desarrollo · Regulación emocional

Cuando otro le cuenta al niño una historia distinta: el cerebro infantil aprende a calmarse con palabras prestadas

Ciento cuarenta y ocho niños de entre cuatro y nueve años entraron en un escáner de resonancia magnética. Escucharon dos versiones de la misma imagen difícil. Y su cerebro hizo algo que nadie esperaba encontrar tan pronto.

Un niño de cinco años ve la fotografía de otro niño en una cama de hospital. Si un adulto le dice «este niño está muy enfermo, quizá no se ponga bueno», el pequeño se angustia. Si le dice «esta niña está recibiendo una vacuna para que su cuerpo se haga fuerte, ¡y está funcionando!», el pequeño se calma.

Hasta aquí, nada sorprendente. Cualquier maestro de Educación Infantil lo sabe. Lo verdaderamente nuevo es lo que ocurre dentro del cerebro mientras eso sucede. Un equipo de la Universidad de Carolina del Norte en Chapel Hill acaba de publicarlo en Developmental Cognitive Neuroscience (Shipkova et al., 2026), y el hallazgo tiene consecuencias directas para quienes enseñamos a leer, a hablar y a convivir.

Ficha del estudio

Referencia: Shipkova et al. (2026), Developmental Cognitive Neuroscience, 81, 101777.

Muestra: 148 niños con datos de neuroimagen válidos (de 217 reclutados); edad media 6.45 años (DE = 0.92); rango 4.61–9.07 años; 52.03 % varones; 51.4 % no blancos.

Técnica: resonancia magnética funcional (RMf) en escáneres Siemens Prisma de 3 teslas.

Preregistro: Open Science Framework (osf.io/k98pj). Acceso abierto, licencia CC BY-NC-ND.

El problema: los niños pequeños no saben calmarse solos

La reevaluación cognitiva consiste en cambiar el significado que damos a una situación para cambiar lo que sentimos ante ella (Gross, 1998). No es negar el problema: es mirarlo desde otro ángulo. «No he suspendido, he descubierto qué me falta por estudiar». Es una de las estrategias de regulación emocional más eficaces que conocemos y constituye el corazón de las terapias cognitivo-conductuales para la ansiedad y la depresión.

El problema es que reevaluar cuesta mucho trabajo mental. Hay que sostener la escena en la memoria de trabajo, buscar en el almacén semántico una interpretación alternativa, evaluarla, sustituir la primera lectura por la segunda e inhibir la respuesta emocional que ya se había disparado. Un adolescente puede hacerlo. Un niño de cinco años, difícilmente por sí solo.

Por eso, en la primera infancia la regulación emocional no es autorregulación: es heterorregulación. La hace otro. El adulto presta al niño el trabajo cognitivo que el niño todavía no puede hacer. A eso se le llama andamiaje (Bibok et al., 2009; Mermelshtine, 2017), y es exactamente el mismo concepto que usamos cuando enseñamos a leer: el maestro sostiene lo que el aprendiz aún no sostiene, y va retirando el apoyo a medida que el aprendiz lo asume.

La pregunta abierta era esta: cuando un adulto le presta al niño la reevaluación ya hecha, ¿el cerebro del niño trabaja igual que el de un adulto que la genera solo? ¿O es un proceso completamente distinto, apoyado en el apego y no en el pensamiento?

En otras palabras

Reevaluar es contarse otra historia sobre lo mismo. Los adultos nos la contamos solos. Los niños pequeños necesitan que alguien se la cuente.

La pregunta del estudio: cuando alguien se la cuenta, ¿el cerebro del niño se limita a obedecer, o hace de verdad el trabajo de reinterpretar?

Cómo se diseñó el experimento

El equipo adaptó una tarea clásica de regulación emocional (Ochsner et al., 2004) para hacerla accesible a niños muy pequeños. La secuencia era la siguiente:

  1. Un aviso preparatorio, grabado en audio, de unos siete segundos. Por ejemplo: «Ahora vas a ver unas fotos donde los niños parecen enfermos, pero no te preocupes, se van a poner mejor». Ese aviso lo pronunciaba o bien el cuidador principal del propio niño, o bien una adulta desconocida. Mientras lo escuchaba, el niño veía la fotografía sonriente de esa persona.
  2. Una historia breve (unos cinco segundos de media), leída por una persona neutra ajena al niño, que describía la imagen o la reinterpretaba.
  3. La imagen, durante tres segundos.
  4. La valoración del niño: pulgar arriba o pulgar abajo, en tres segundos.

Había cuatro condiciones, cada una con quince pares de historia e imagen: imágenes neutras (un objeto, un paisaje), imágenes negativas con historia negativa, imágenes negativas precedidas de reevaluación anunciada por la persona desconocida, e imágenes negativas precedidas de reevaluación anunciada por el cuidador.

Conviene detenerse un momento en algo que suele pasar desapercibido: toda la manipulación experimental era verbal. Las imágenes eran idénticas entre condiciones. Lo único que cambiaba era el relato oral que las precedía. Este es, en el fondo, un experimento sobre el poder de la lengua sobre la experiencia.

¿Sabías qué?

Meter a un niño de cuatro años en un escáner de resonancia magnética funcional es una hazaña técnica. La máquina es ruidosa, estrecha y exige inmovilidad casi absoluta durante casi quince minutos.

De los 217 niños reclutados, solo 148 aportaron datos utilizables tras descartar los perdidos por movimiento, problemas técnicos o falta de colaboración. Ese 32 % de pérdida es normal en neuroimagen pediátrica y explica por qué existen tan pocos estudios de RMf con niños de esta edad.

Primer resultado: los niños se sintieron mejor

Antes de mirar el cerebro, mirar la conducta. Los niños marcaron «pulgar abajo» en el 81 % de las imágenes negativas sin reevaluar, frente a solo el 30 % de las neutras. La tarea funcionaba: las imágenes negativas realmente les afectaban.

Cuando esas mismas imágenes negativas iban precedidas de una historia que las reinterpretaba, las respuestas negativas cayeron al 40 %. Es decir, la reevaluación andamiada redujo a la mitad el malestar declarado.

Datos de Shipkova et al. (2026), tabla 2. Errores estándar robustos por conglomerados familiares. β = coeficiente estandarizado.
ContrasteβpLectura
Negativa > Neutra0.72< .001Reactividad emocional muy marcada
Reevaluación > Negativa−0.65< .001Reducción sustancial del afecto negativo
Reevaluación del cuidador > Negativa−0.60< .001Funcionó
Reevaluación del desconocido > Negativa−0.66< .001Funcionó algo mejor
Cuidador > Desconocido0.10.003Ventaja del desconocido, pequeña pero significativa

Un dato lateral que merece atención propia: la reactividad emocional aumentó con la edad. Los niños de ocho y nueve años reaccionaron con más intensidad a las imágenes negativas que los de cuatro y cinco (b = 0.073; t(61.9) = 2.89; p = .005). No es que los mayores fueran más frágiles: es que entendían mejor lo que estaban viendo.

En contra de la intuición

Solemos suponer que el niño pequeño es el más vulnerable emocionalmente y que la madurez trae calma. Aquí ocurrió lo contrario: a mayor edad, mayor reacción negativa ante la imagen difícil.

La explicación más razonable es cognitiva, no emocional. Comprender que un niño en una cama de hospital puede no recuperarse exige inferencias sobre el futuro, sobre la enfermedad y sobre la muerte que un niño de cuatro años todavía no hace. Se sufre más cuando se comprende más.

Consecuencia para el aula: el alumno de segundo o tercero de primaria que se altera con una lectura que a los de infantil les resbala no está regresando. Está entendiendo.

Segundo resultado: el cerebro infantil hizo el trabajo de verdad

Aquí está el hallazgo central. Al comparar la actividad cerebral durante las imágenes negativas reevaluadas con la de las imágenes negativas sin reevaluar, aparecieron activaciones en:

  • Corteza prefrontal dorsolateral (giro frontal medio derecho): control cognitivo, memoria de trabajo, mantenimiento de la información relevante.
  • Giro cingulado anterior dorsal: detección de conflicto entre lo que se esperaba sentir y lo que se acaba de proponer sentir.
  • Giro temporal medio bilateral: procesamiento semántico de alto nivel, construcción del significado del lenguaje.
  • Giro angular bilateral: integración de la información auditiva y visual, procesamiento conceptual, cognición social.
  • Ínsula anterior ventral bilateral: integración de las señales corporales con la conciencia subjetiva (Craig, 2009; Menon y Uddin, 2010).

Este es exactamente el patrón que muestran los adultos cuando reevalúan por su cuenta (Buhle et al., 2014). Con seis años de media. Y sin ninguna diferencia asociada a la edad en ninguno de los contrastes cerebrales.

Hubo, además, una ausencia muy elocuente: no se activó la corteza prefrontal ventrolateral, región que en adultos y en niños mayores se enciende durante la reevaluación autogenerada. Los autores lo interpretan así: esa zona se encarga de generar la reinterpretación, de rebuscar en la memoria semántica una lectura alternativa. En esta tarea, la reinterpretación venía dada. El niño no tenía que fabricarla; solo tenía que comprenderla y aplicarla.

En otras palabras

El andamiaje no le ahorra al niño todo el trabajo mental. Le ahorra exactamente una pieza: la de inventar la alternativa.

Todo lo demás —comprender el relato, sostenerlo en la memoria de trabajo, contrastarlo con lo que ve, dejar que modifique lo que siente— lo hace el niño con su propio cerebro, y lo hace con las mismas regiones que usaría un adulto.

Ayudar bien no es sustituir. Es retirar el obstáculo concreto que bloquea el proceso, para que el proceso pueda ocurrir.

Aplicación práctica

El principio del andamiaje mínimo suficiente. Identifica cuál es la pieza exacta que bloquea al alumno y préstale solo esa.

  • En descodificación: si el niño se atasca en una sílaba trabada, no le leas la palabra entera. Dale la sílaba y deja que él complete.
  • En comprensión: si el vocabulario le impide seguir el texto, entrega el término antes de leer. La inferencia la sigue haciendo él.
  • En escritura: si le bloquea la organización, entrega la estructura. El contenido lo pone él.
  • En regulación emocional: si no encuentra otra manera de mirar la situación, ofrécele la reinterpretación formulada. Aplicarla ya es trabajo suyo.

Prestar la pieza que falta activa el sistema completo. Prestarlo todo lo apaga.

Tercer resultado: la desconocida funcionó mejor que la madre

Este es el hallazgo que los propios autores califican de sorprendente. Cuando la reevaluación la anunciaba la persona desconocida, los niños regularon mejor que cuando la anunciaba su propio cuidador. La diferencia es pequeña (β = 0.10) pero estadísticamente sólida (p = .003), y se refleja también en el cerebro:

  • Con el cuidador: más activación de la amígdala bilateral, del tálamo y de la corteza occipital. Es decir, más activación emocional y sensorial.
  • Con la desconocida: más activación de precúneo, giro angular derecho, giro temporal medio derecho y corteza cingulada posterior. Es decir, un patrón más maduro, más semántico y más reflexivo.

La explicación que proponen los autores es elegante. La voz de la madre o del padre no es un estímulo cualquiera: es el estímulo más saliente que existe para un niño. Activa redes de recompensa, de atención y de saliencia por todo el cerebro. Esa intensidad es maravillosa para la regulación automática —la señal de seguridad, el consuelo, el «estoy aquí»—, pero puede competir con el esfuerzo deliberado que exige reinterpretar una escena. Emocionan demasiado como para pensar con calma.

En contra de la intuición

La figura de apego no es la mejor herramienta para todas las tareas. Un cuidador es insuperable calmando el llanto, restaurando la seguridad y regulando lo que ocurre sin intención consciente. Pero cuando la tarea exige pensamiento frío y estructurado, su enorme carga emocional puede estorbar.

Esto no rebaja el papel de la familia. Lo especializa. Y de paso justifica algo que los maestros intuyen desde siempre: hay cosas que el niño solo aprende con otro adulto que no sea su madre o su padre.

Aplicación práctica

El maestro no es un sustituto de segunda categoría del cuidador. Es una figura con ventaja propia.

  • Ante la frustración académica —el error en voz alta, el examen fallido, la lectura que no sale—, la reinterpretación calmada del maestro puede resultar más eficaz que la del padre, precisamente porque llega con menos carga emocional.
  • Ese margen de distancia afectiva es un recurso pedagógico, no una carencia. Úsalo en lugar de disculparte por él.
  • En reuniones con familias, un mensaje útil: «Que a usted le cueste más calmarle con explicaciones no significa que lo esté haciendo mal. Significa que usted es su figura de apego, y eso tiene otra función».

Una advertencia necesaria: en el estudio la persona desconocida era una adulta amable, sonriente y previamente presentada al niño. La ventaja no viene de la extrañeza, sino de una cercanía templada. Un adulto realmente ajeno o amenazante no produciría este efecto.

Lo que este estudio dice sobre el lenguaje

Aquí es donde el trabajo se vuelve directamente relevante para quienes nos dedicamos a la lengua y a la lectoescritura, aunque el estudio no midiera ninguna variable lingüística.

La regulación pasó entera por el procesamiento del significado

Repasemos las regiones que se activaron durante la reevaluación: giro temporal medio, giro angular, y —durante la reactividad— también giro frontal inferior y polos temporales. Es, punto por punto, la red semántica del cerebro. Las mismas áreas que trabajan cuando comprendemos una frase, recuperamos el significado de una palabra o integramos una narración.

Los propios autores lo enuncian sin rodeos: la reevaluación andamiada apoya la regulación mediante el reclutamiento de regiones implicadas en la cognición superior y en la interpretación lingüística. La literatura previa apunta en la misma dirección: el lenguaje no acompaña a la emoción, la construye (Brooks et al., 2016; Satpute y Lindquist, 2021).

La consecuencia es incómoda

Si regular emociones mediante reevaluación es, en el fondo, una operación de comprensión del lenguaje, entonces la capacidad de un niño para calmarse con palabras depende de su capacidad para comprender palabras.

Y eso reordena varias cosas que solemos tratar por separado:

  • Un niño con trastorno del desarrollo del lenguaje no solo tiene dificultades académicas. Tiene menos acceso a la principal herramienta de autorregulación que la cultura le ofrece.
  • La pobreza de vocabulario emocional no es un asunto estético. Es una limitación funcional del repertorio regulatorio.
  • Un alumno recién llegado, que aún no comprende bien la lengua de la escuela, está privado del andamiaje verbal justo cuando más lo necesita.
¿Sabías qué?

Durante la visualización de las imágenes negativas, la conectividad entre la amígdala izquierda y el giro temporal superior derecho disminuyó respecto de las imágenes neutras.

El giro temporal superior participa en el procesamiento de información social y en la atribución de estados mentales. Que se desacople de la amígdala ante lo negativo sugiere que, en la primera infancia, la alarma emocional y la comprensión social del acontecimiento no se integran automáticamente.

El adulto que verbaliza lo que ocurre no está solo consolando. Está tendiendo un puente entre dos sistemas que a esa edad todavía no se hablan bien.

Aplicación práctica

Enseñar vocabulario emocional es enseñar regulación, no urbanidad.

  • Sustituye el genérico por lo preciso: no «estoy mal», sino frustrado, decepcionado, agobiado, avergonzado, nervioso. Cada palabra nueva es una categoría nueva, y cada categoría es un asidero.
  • Trabaja el vocabulario emocional con la misma sistematicidad con que trabajas el vocabulario académico: exposición repetida, contextos variados, uso productivo.
  • Emplea la lectura compartida como laboratorio: detén el cuento en el momento difícil y pide reinterpretaciones. «¿Cómo podríamos contar esto de otra manera?».
  • Modela la reevaluación en voz alta con tus propios errores delante del grupo: «Me he equivocado en la pizarra. Bien, así vemos todos dónde está la trampa».

Y una pregunta abierta para las aulas bilingües

Aquí abandono lo que el estudio demuestra y entro en el terreno de la hipótesis, con la advertencia explícita de que el propio trabajo no aborda el bilingüismo: las familias fueron cribadas por su dominio del inglés, y solo un 10.6 % de la muestra era hispana o latina.

Dicho esto, la inferencia se impone sola. Si la reevaluación andamiada opera mediante comprensión semántica, entonces la lengua en la que se ofrece el andamiaje no puede ser indiferente. Un alumno con dominio asimétrico que recibe la reinterpretación en su segunda lengua tendría que dedicar recursos de memoria de trabajo a descifrar el mensaje, precisamente los mismos recursos que la reevaluación necesita para funcionar. El andamio llegaría degradado justo en el momento de mayor demanda.

De ser cierto —y es comprobable—, tendría una consecuencia clara para los programas de inmersión dual: el momento emocional difícil no es el momento de defender la separación estricta de lenguas. Consolar, calmar y reinterpretar en la lengua que el niño comprende mejor no es una fuga del modelo. Es la condición para que el modelo pueda seguir funcionando.

En otras palabras

Un niño no puede reinterpretar lo que no ha terminado de entender.

Si la frase que debía calmarle le llega en una lengua que todavía procesa con esfuerzo, esa frase compite con el trabajo mental que pretendía facilitar. Consuela en la lengua en que comprende. Enseña en las dos.

Lo que este estudio no dice

La honestidad sobre los límites es parte del respeto al lector. Los autores son escrupulosos, y conviene recogerlo:

  • Es un diseño transversal. Compara niños de distintas edades en un momento único; no sigue a los mismos niños a lo largo del tiempo. No puede describir trayectorias de desarrollo.
  • Hay un artefacto motor reconocido. Las respuestas se daban con la mano izquierda o la derecha según fuera «pulgar arriba» o «pulgar abajo», y el registro de la imagen no se separó temporalmente del de la pulsación. Parte de la activación en los giros precentral y postcentral refleja movimiento, no emoción.
  • La muestra está enriquecida en adversidad por diseño: se buscó activamente a familias con conflicto, dificultades económicas o experiencias traumáticas. No es una muestra representativa de la población general.
  • El rango de edad es amplio (de cuatro a nueve años). Una posible ventaja del cuidador, más visible en los más pequeños, pudo quedar diluida.
  • No se midió lenguaje. Ni vocabulario receptivo, ni comprensión oral, ni bilingüismo. Toda la sección anterior de este artículo es interpretación fundamentada, no resultado del estudio.
  • Es una tarea de laboratorio. Escuchar una historia grabada dentro de un escáner no equivale a un conflicto real en el patio a las once de la mañana.

Lo que nos llevamos al aula

Cuatro ideas que resisten el viaje del escáner a la clase:

  1. El niño pequeño puede reevaluar, si alguien le presta la formulación. Su cerebro ejecuta el proceso completo con las mismas regiones que un adulto. No hay que esperar a la adolescencia para enseñar a reinterpretar.
  2. El andamiaje eficaz es quirúrgico. Retira exactamente el obstáculo que bloquea, y ni un gramo más. Lo demás lo hace el aprendiz, y conviene que lo haga.
  3. El maestro tiene una ventaja estructural en la regulación deliberada. Su distancia afectiva templada libera recursos cognitivos que la intensidad del vínculo familiar consume.
  4. Regular es comprender. Cada palabra emocional enseñada, cada texto trabajado, cada conversación sostenida amplía el repertorio con el que un niño podrá calmarse a sí mismo cuando ya no estemos delante.

Un niño de seis años que escucha «esta niña está recibiendo una vacuna para que su cuerpo se haga fuerte» no está siendo engañado ni distraído. Está siendo entrenado. Su corteza prefrontal, su cingulado y su giro temporal medio están haciendo, con ayuda, exactamente lo que algún día harán solos.

Y lo están haciendo con lo único que tenemos para prestarles: palabras.

Referencias bibliográficas

Bibok, M. B., Carpendale, J. I. M., y Müller, U. (2009). Parental scaffolding and the development of executive function. New Directions for Child and Adolescent Development, 2009(123), 17–34. https://doi.org/10.1002/cd.233

Brooks, J. A., Shablack, H., Gendron, M., Satpute, A. B., Parrish, M. H., y Lindquist, K. A. (2016). The role of language in the experience and perception of emotion: A neuroimaging meta-analysis. Social Cognitive and Affective Neuroscience. https://doi.org/10.1093/scan/nsw121

Buhle, J. T., Silvers, J. A., Wager, T. D., Lopez, R., Onyemekwu, C., Kober, H., Weber, J., y Ochsner, K. N. (2014). Cognitive reappraisal of emotion: A meta-analysis of human neuroimaging studies. Cerebral Cortex, 24(11), 2981–2990. https://doi.org/10.1093/cercor/bht154

Craig, A. D. (2009). How do you feel — now? The anterior insula and human awareness. Nature Reviews Neuroscience, 10(1), 59–70. https://doi.org/10.1038/nrn2555

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Gross, J. J. (1998). Antecedent- and response-focused emotion regulation: Divergent consequences for experience, expression, and physiology. Journal of Personality and Social Psychology, 74(1), 224–237. https://doi.org/10.1037/0022-3514.74.1.224

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McRae, K., Gross, J. J., Weber, J., Robertson, E. R., Sokol-Hessner, P., Ray, R. D., Gabrieli, J. D. E., y Ochsner, K. N. (2012). The development of emotion regulation: An fMRI study of cognitive reappraisal in children, adolescents and young adults. Social Cognitive and Affective Neuroscience, 7(1), 11–22. https://doi.org/10.1093/scan/nsr093

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Shipkova, M., Murgueitio, N., Garrisi, K., Mitchell, A., Lurie, L., Rodriguez, M. A., Gruhn, M., Milojevich, H., Machlin, L., Priddy, Z., Tate, M., Dennis-Tiwary, T., Myruski, S., McLaughlin, K. A., Lindquist, K. A., y Sheridan, M. A. (2026). Neural systems supporting cognitive reappraisal in young children: An fMRI study. Developmental Cognitive Neuroscience, 81, 101777. https://doi.org/10.1016/j.dcn.2026.101777

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El artículo original de Shipkova y colaboradores es de acceso abierto bajo licencia CC BY-NC-ND 4.0 y puede consultarse íntegro en el enlace del DOI. Las interpretaciones aplicadas al aula bilingüe y a la lectoescritura que aparecen en esta entrada son responsabilidad del autor del blog y se han señalado expresamente como tales allí donde exceden los resultados del estudio.

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