La red del lenguaje en el cerebro es más extensa de lo que creíamos: 17 áreas nuevas y por qué eso no significa que «leamos con todo el cerebro»
Un estudio con 772 cerebros escaneados amplía el mapa clásico del lenguaje. Pero su conclusión más provocadora es exactamente la contraria a la que muchos titulares sugieren: el lenguaje sigue ocupando menos del cinco por ciento de la sustancia gris.
Basado en el libro: Mente bilingüe. Neurociencia de la lectoescritura de Andrés Marín-Palomar. Edición en español. Pronto en Amazon
Based on the book: The Bilingual Mind. Neuroscience of Reading and Writing by Andrés Marín-Palomar. English edition. Coming soon on Amazon
Durante más de siglo y medio, el mapa del lenguaje en el cerebro humano ha sido un mapa pequeño, bien delimitado y sorprendentemente estable. Lo aprendimos en la carrera, lo hemos dibujado mil veces en la pizarra y lo repetimos en cada formación: hemisferio izquierdo, lóbulo frontal, lóbulo temporal, área de Broca, área de Wernicke. Un territorio compacto y reconocible.
El 29 de junio de 2026, la revista Journal of Neuroscience publicó un trabajo del laboratorio de Evelina Fedorenko, en el Instituto Tecnológico de Massachusetts, que añade a ese mapa 17 territorios nuevos. Y sin embargo —y aquí está lo interesante— el titular más honesto del estudio no es «el lenguaje ocupa más cerebro del que pensábamos», sino algo bastante más incómodo para cierta divulgación: incluso sumando todas esas áreas nuevas, el lenguaje sigue ocupando menos del cinco por ciento de la sustancia gris.
Vamos a ver despacio qué hicieron, por qué es sólido y, sobre todo, qué se puede y qué no se puede llevar de aquí al aula o a la consulta.
El mapa que heredamos, y el instrumento que lo dibujó
El mapa clásico no nació de la observación del cerebro sano. Nació de la lesión. Paul Broca describió en 1861 el cerebro de un paciente que había perdido el habla productiva y encontró un daño en el tercio posterior de la circunvolución frontal inferior izquierda. La inferencia fue elegante: si al destruirse esta zona desaparece el habla, esta zona hace el habla.
Ese razonamiento construyó la neurología del lenguaje durante cien años. Pero tiene un límite que casi nunca se explica: el método de la lesión solo puede encontrar aquellas áreas cuyo daño produce un déficit visible. Un área pequeña, o un área cuya función está repartida entre varias estructuras, puede ser importante para el lenguaje y aun así no dejar rastro clínico llamativo cuando se lesiona. Sencillamente, no aparece.
El paciente de Broca se llamaba Louis Victor Leborgne, pero pasó a la historia como «Tan», porque era prácticamente la única sílaba que podía pronunciar. Comprendía lo que le decían, seguía instrucciones y conservaba la inteligencia; simplemente no lograba producir palabras.
Ese caso fundó una idea que sigue siendo correcta —hay especialización funcional en el cerebro— y otra que hoy sabemos incompleta: que el mapa del lenguaje termina donde termina el daño observable. Durante décadas, las áreas que se activaban fuera del territorio esperado se descartaban por rutina, no por evidencia.
La propia Fedorenko cuenta que, al principio de su carrera, cuando incluía en sus artículos regiones activas fuera del territorio canónico, se encontraba con resistencia editorial. La respuesta habitual era que aquello no eran áreas de lenguaje y que se centrara en las que sí lo eran. Este estudio es, en buena medida, la revisión sistemática de todo aquel material que se dejó fuera.
El problema real: cuando la tarea contamina la medida
Antes de mirar los resultados hay que entender por qué esta pregunta era difícil. La dificultad no es técnica, es conceptual.
Imagine que quiere saber qué partes del cerebro procesan el lenguaje y diseña una tarea sencilla: el participante lee una frase en la pantalla y pulsa un botón si la frase tiene sentido. Al mirar la resonancia verá activación en muchísimos sitios. Pero esa activación no es solo lenguaje: hay corteza visual porque ha mirado, hay corteza motora porque ha pulsado, hay redes atencionales porque estaba concentrado y hay redes de decisión porque ha tenido que juzgar. Todo eso está mezclado con el lenguaje y se parece mucho al lenguaje si uno no separa con cuidado.
Los autores señalan exactamente esto como el nudo del problema: durante años se han propuesto áreas «de lenguaje» a partir de paradigmas muy diversos, muchos de los cuales confunden el procesamiento lingüístico con procesos perceptivos, motores o de demanda cognitiva general.
Es como intentar averiguar qué instrumento suena en una orquesta grabando el concierto entero. Se oye algo, sí, pero no se sabe qué parte de ese sonido es el violín y qué parte es todo lo demás.
Para aislar el violín hace falta un truco: grabar dos veces, una con violín y otra sin él, y restar. Lo que queda es el violín. Eso es, en esencia, lo que hace un buen experimento de neuroimagen del lenguaje.
El localizador de lenguaje: la resta que lo hace posible
La herramienta que usa este laboratorio se llama localizador de lenguaje, y es de una sencillez que engaña. El participante hace dos cosas dentro del escáner: en unos bloques lee o escucha frases reales; en otros bloques lee o escucha secuencias de pseudopalabras.
Después se calcula, para cada persona y para cada punto del cerebro, la diferencia de respuesta entre las dos condiciones. Las zonas que trabajan más con las frases reales que con las pseudopalabras están haciendo algo relevante para el lenguaje. Y si además lo hacen tanto leyendo como escuchando, el hallazgo es mucho más robusto, porque ya no puede explicarse por la vista ni por el oído.
Las pseudopalabras no son ruido ni letras al azar. Son cadenas que respetan la fonotaxis de la lengua —las combinaciones de sonidos que esa lengua permite— pero carecen de significado. En español serían secuencias como «tefranta» o «misolde»: perfectamente pronunciables, perfectamente vacías.
Esto convierte a la pseudopalabra en un control casi perfecto. Tiene letras, sílabas, correspondencia grafema-fonema, ritmo y estructura silábica. Lo único que no tiene es significado ni estructura sintáctica. Así, lo que queda tras la resta es específicamente el procesamiento lingüístico de alto nivel.
Por cierto: si esto le suena a las pruebas de lectura de pseudopalabras que usamos en evaluación de la dislexia, no es casualidad. La lógica es idéntica.
Hay un segundo detalle metodológico que importa mucho. El localizador se aplica a cada participante por separado, no promediando cerebros. Los cerebros humanos varían bastante en su anatomía, y promediar mueve, difumina o directamente borra las regiones pequeñas. Localizar en cada individuo evita ese problema.
Qué hicieron exactamente
El equipo revisó los datos de resonancia magnética funcional de 772 participantes (438 mujeres y 334 hombres) escaneados en el laboratorio desde 2013. Todos habían pasado el mismo localizador validado.
Y aquí hicieron algo que a primera vista parece una trampa estadística: relajaron deliberadamente el umbral de significación que habitualmente se aplica, y además hicieron búsquedas dirigidas en zonas subcorticales, donde la señal de resonancia es débil. Como explica Agata Wolna, primera autora del trabajo, el objetivo era maximizar la probabilidad de encontrar regiones pequeñas y de respuesta débil fuera del sistema frontotemporal izquierdo.
Parece que relajar el umbral estadístico es hacer trampa: si bajas el listón, encuentras lo que quieras. Y en un estudio mal diseñado, eso sería exactamente lo que ocurriría.
Pero aquí el umbral relajado no es la conclusión, es solo el primer filtro. Una región solo entra en la lista si supera tres exigencias encadenadas: responder más a frases que a pseudopalabras, hacerlo tanto leyendo como escuchando, y —el filtro decisivo, que veremos ahora— demostrar que no responde simplemente porque la tarea es difícil.
Relajar la primera puerta y endurecer las dos siguientes no es bajar el listón: es cambiar de estrategia. Se amplía la red de pesca y luego se selecciona con muchísimo más rigor.
El filtro decisivo: distinguir lenguaje de «esfuerzo mental»
De los 772 participantes, unos 490 habían hecho también otra tarea muy distinta dentro del escáner: una prueba de memoria de trabajo espacial, que consiste en recordar las posiciones de unos cuadrados que se iluminan en una cuadrícula. No hay palabras, no hay sonidos lingüísticos, no hay lectura. Solo posiciones y memoria.
Esta tarea activa una red cerebral muy conocida, el sistema de demanda múltiple, que se enciende ante cualquier tarea exigente sea del tipo que sea, y que no se solapa con las áreas nucleares del lenguaje.
Ese contraste permite hacer la pregunta que de verdad importa: cuando una de estas áreas nuevas se activa con las frases, ¿se activa porque son frases, o simplemente porque procesar frases cuesta más esfuerzo que procesar pseudopalabras?
Imagine un músculo que se tensa cuando usted levanta una caja. ¿Es un músculo «para levantar cajas»? Para averiguarlo hay que pedirle que haga otra cosa exigente pero distinta: subir escaleras, por ejemplo. Si el músculo también se tensa ahí, no es específico de cajas: es un músculo de esfuerzo general.
La tarea de los cuadrados es esa segunda prueba. Es difícil, exige concentración y no tiene nada de lingüística. Si un área se enciende con las frases pero no con los cuadrados, entonces esa área está haciendo algo específico del lenguaje. Si se enciende con ambas, está haciendo «esfuerzo mental» genérico.
Los 17 territorios nuevos
Superados todos los filtros, quedaron 17 áreas situadas fuera de la red frontotemporal nuclear que responden al lenguaje tanto escrito como oral. La mayoría, además, muestran selectividad lingüística frente a la demanda cognitiva general.
Dónde están:
- Alrededor de los polos temporales, en la punta anterior de los lóbulos temporales.
- En la corteza frontal medial, en la cara interna de los hemisferios.
- En la superficie inferior del lóbulo temporal izquierdo.
- En el hipocampo, la estructura clásicamente asociada a la formación de memorias.
- En la amígdala, asociada al procesamiento emocional.
- En el cerebelo: cinco de las 17.
Esa última línea merece detenerse.
El cerebelo, otra vez
Cinco de los 17 focos están en el cerebelo, la estructura que llevamos décadas describiendo en clase como «la que coordina el movimiento y el equilibrio». No es un hallazgo aislado: unos meses antes, en enero de 2026, el mismo laboratorio publicó en Neuron un trabajo dedicado específicamente a esto, dirigido por Colton Casto, que identificó cuatro regiones cerebelosas que responden al lenguaje en ambas modalidades. Una de ellas, situada en Crus I/II y el lóbulo VIIb, resultó ser selectiva para el lenguaje frente a tareas no lingüísticas diversas; las otras tres mostraron selectividad mixta.
El nuevo estudio reproduce ese patrón. Y son precisamente las regiones de selectividad mixta las que Fedorenko considera más interesantes, porque podrían estar haciendo algo como integrar información procedente de sistemas corticales distintos.
Parece que el cerebelo es una estructura motora y que encontrar lenguaje allí es una anomalía llamativa.
Pero el cerebelo contiene más neuronas que todo el resto del encéfalo junto. Su arquitectura es extraordinariamente regular y repetitiva, lo que ha llevado a proponer desde hace décadas que ejecuta un mismo tipo de cálculo aplicado a materiales distintos: construir modelos internos que anticipan lo que va a ocurrir y corrigen la desviación.
Si eso es así, un cerebelo que ajusta la trayectoria de un brazo y un cerebelo que anticipa la siguiente palabra de una frase no estarían haciendo dos cosas distintas. Estarían haciendo lo mismo con contenidos distintos. Ojo: esto sigue siendo una hipótesis de trabajo, no un resultado demostrado por este estudio.
El dato que le da la vuelta al titular
Aquí llega la parte que casi ningún resumen periodístico ha sabido colocar en su sitio.
Diecisiete áreas nuevas suenan a expansión, a «el lenguaje está por todas partes», a la vieja idea de que el cerebro entero participa en todo. Los autores dicen exactamente lo contrario. Sumando la red nuclear y toda la red extendida, el conjunto ocupa menos del cinco por ciento del volumen de sustancia gris. La nota de prensa del MIT lo ilustra diciendo que ese volumen equivale aproximadamente al de una fresa grande.
Aunque hay todos estos componentes distantes, es bastante restringido en cuanto a volumen. No se necesita tanto cerebro para hacer lenguaje. Evelina Fedorenko, autora sénior del estudio, en MIT News (2026)
Parece que un estudio que amplía el mapa del lenguaje refuerza la idea de que «leemos con todo el cerebro» o de que «cuantas más zonas se activan, mejor procesamos».
Pero los autores plantean el resultado justamente como un desafío a esa idea. Que el lenguaje esté distribuido no significa que esté generalizado. Está repartido en muchos puntos, sí, pero esos puntos, sumados, siguen siendo una fracción pequeña del tejido disponible.
Traducido a lo que nos importa a los que trabajamos en educación: el hallazgo no valida los discursos del tipo «activa todo tu cerebro para leer mejor». Si acaso, apunta en dirección contraria, hacia una especialización notable.
Qué NO dice este estudio
Un principio de esta casa: la utilidad de un estudio depende tanto de lo que afirma como de lo que uno se resiste a hacerle decir. Conviene ser explícito.
- No es un estudio sobre el aprendizaje de la lectura. Los participantes son adultos lectores competentes. No dice nada sobre cómo se adquiere la correspondencia grafema-fonema ni sobre la enseñanza inicial.
- No es un estudio sobre bilingüismo. No compara lenguas, no aborda la transferencia interlingüística ni los programas de inmersión dual.
- No dice qué hacen esas 17 áreas. El propio título del artículo lo reconoce: sus contribuciones al lenguaje «están aún por descubrir». Este trabajo levanta el mapa; no explica el territorio.
- No establece causalidad. La resonancia magnética funcional muestra correlación entre tarea y actividad. Que una zona se active con el lenguaje no demuestra que sea necesaria para el lenguaje.
Dicho esto, sí hay dos cosas que se pueden llevar directamente al aula y a la consulta. Y son más valiosas que cualquier aplicación forzada.
La lección más transferible de este estudio no es un hallazgo, es un método: para saber si una prueba mide lo que dice medir, hace falta una condición de control que comparta todo excepto aquello que se quiere aislar.
Aplíquelo a su práctica. Si un alumno rinde mal en una prueba de comprensión lectora cronometrada, ese resultado bajo puede deberse a decodificación lenta, a vocabulario insuficiente, a memoria de trabajo limitada, a dificultades atencionales o a ansiedad ante el tiempo. La prueba, tal cual, no distingue entre esas causas.
Qué hacer, en concreto:
- Pase la misma tarea sin límite de tiempo. Si el rendimiento sube mucho, el problema es de automatización, no de comprensión.
- Compare comprensión leída con comprensión escuchada. Si comprende bien escuchando y mal leyendo, el cuello de botella está en la decodificación.
- Compruebe la lectura de pseudopalabras frente a palabras familiares. Aísla la ruta fonológica de la vía léxica.
Tres restas sencillas. La misma lógica que permite a un laboratorio del MIT separar el lenguaje del esfuerzo general permite a un maestro separar un problema de decodificación de un problema de comprensión.
Este estudio es una herramienta excelente para responder a las propuestas comerciales que llegan a los centros prometiendo «activar el cerebro completo», «sincronizar los hemisferios» o «estimular el cerebelo para mejorar la lectura».
Un laboratorio con 772 cerebros escaneados, un paradigma validado durante trece años y varios filtros encadenados concluye que puede identificar 17 áreas nuevas, que todavía no sabe qué hacen y que, en conjunto, el lenguaje sigue ocupando una fracción muy pequeña del tejido. Esa es la escala real de la incertidumbre en este campo.
Pregunta útil ante cualquier método que invoque el cerebro: ¿cuál era la condición de control? Si no hay respuesta, no hay evidencia.
Para terminar
Hay algo profundamente honesto en el título del artículo original. Los autores no escribieron «descubrimos 17 nuevas áreas del lenguaje». Escribieron que se trata de áreas cuyas contribuciones al lenguaje están todavía por descubrir. Es decir: hemos encontrado dónde mirar, no qué estamos mirando.
Para quienes trabajamos con la lectura y con el lenguaje, esa forma de proceder vale tanto como el hallazgo. Ampliar el mapa sin inflar las conclusiones. Relajar un filtro y endurecer los tres siguientes. Reconocer explícitamente lo que aún no se sabe.
El cerebro que lee y el cerebro que habla siguen siendo, en gran medida, un territorio por cartografiar. Este estudio ha añadido diecisiete banderas al mapa. Lo que hay debajo de cada una es trabajo de los próximos años.
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Referencias
Casto, C., Poliak, M., Tuckute, G., Small, H., Sherlock, P., Wolna, A., Lipkin, B., D'Mello, A. M., & Fedorenko, E. (2026). The cerebellar components of the human language network. Neuron, 114(8), 1504–1523.e11. https://doi.org/10.1016/j.neuron.2025.12.030
Fedorenko, E., Ivanova, A. A., & Regev, T. I. (2024). The language network as a natural kind within the broader landscape of the human brain. Nature Reviews Neuroscience, 25(5), 289–312. https://doi.org/10.1038/s41583-024-00802-4
Trafton, A. (2026, 1 de julio). The brain's language network is more extensive than previously thought. MIT News. https://news.mit.edu/2026/brain-language-network-more-extensive-than-previously-thought-0701
Wolna, A., Wright, A., Casto, C., Hutchinson, S., Lipkin, B., & Fedorenko, E. (2026). The extended language network: Language-responsive brain areas whose contributions to language remain to be discovered. Journal of Neuroscience. Publicación anticipada en línea. https://doi.org/10.1523/JNEUROSCI.0638-25.2026 [Fuente primaria de este artículo. Versión preprint de acceso abierto disponible en bioRxiv: https://doi.org/10.1101/2025.04.02.646835]
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